La discriminación en Nepal se suele reducir a género, casta y etnia. Pero, junto a las mujeres, los niños y niñas con discapacidad son el colectivo más marginado.  Se acumulan las experiencias de violencia, abuso y rechazo. Situaciones que viven desde la escuela hasta dentro de su comunidad.

Es complejo dar cifras exactas, pero se estima que entre 250 000 y 735 000 de los más jóvenes tienen algún tipo de discapacidad, lo que supone entre el 2 y el 5% de la población. En este caso las raíces del rechazo se nutren de las creencias religiosas y espirituales, sumadas al desconocimiento en general. Nacer con discapacidad física, sensorial o intelectual se ha considerado históricamente un castigo divino. 

Antes de Asha School en el distrito de Makwanpur, cuya capital es nuestra querida Hetauda, la realidad de los pequeños estaba limitada a cuatro escenarios: repetir curso en parvulario eternamente; asistir a escuelas de sordomudos aunque no lo fueran; enclaustramiento en casa, a veces encerrados en jaulas o atados cuando los familiares tenían que irse a trabajar; y abandono en orfanatos. 

Las actualizaciones en leyes y organismos públicos prometen cambios de paradigma, pero aplicar estas mejoras eficazmente es todavía un desafío. Una situación que se agrava tras el terremoto de 2015 u otras amenazas como el COVID-19, donde las ayudas y recursos (centralizados en Kathmandu) se priorizan en detrimento de este colectivo. 

Estigma social: exclusión y empobrecimiento

Los estereotipos y prejuicios son su estigma, y el folklore del país ha sido el alimento. Mitos que unidos a conceptos erróneos en la cultura significan exclusión, discriminación y rechazo. Tradición y religión se traducen en creencias y actitudes individuales, especialmente en las zonas rurales.

Pero este estigma significa, en la práctica, una menor calidad de vida para las personas con discapacidad. En primer lugar, tanto ellas como sus hogares tienen más probabilidades de vivir bajo el umbral de la pobreza. En el caso de las mujeres su género dobla la carga. Para ellas el  desempleo, la pobreza y la violencia se incrementan.

Esta calidad de vida de los niños y niñas con discapacidad y sus familias está ligada a la salud mental y física, a su empoderamiento y nivel de independencia. Un empuje o retroceso en estos aspectos son auténticas revoluciones en sus vidas.

Todo se conecta: salud, educación y trabajo

En estos últimos 20 años, sobre todo la última década, se han construido cambios significativos y se ha dejado atrás el concepto más despectivo de persona con discapacidad. 

En 2007 el gobierno la redefinió como las dificultades para llevar a cabo las actividades del día a día y participar plenamente en la vida social, en relación a problemas con el cuerpo, órganos y sistema (incluido físico, sociocultural y barreras comunicacionales).

Bajo este nuevo concepto, se ha hecho un avance inmenso en salud, con buenos resultados en la supervivencia infantil y su nutrición o la esperanza de vida materna. Pero este futuro de estabilidad sanitaria puede desvanecerse. 

Los desastres naturales, el cambio climático, el aumento de enfermedades no transmisibles, unido a una información, planificación e implementación débiles y  falta de recursos, amenazan esta esperanza. Un cóctel de cimientos inestable que para las personas con discapacidad, más propensas a los problemas de salud, se agrava.

La educación de toda una sociedad

Se estima que solo 40% de las personas con discapacidad asiste a la escuela, cuyo absentismo escolar aumenta conforme crecen. De los niños entre los 5 y 10 con discapacidad el 35% no reciben ningún tipo de atención educativa. En el caso de las mujeres las oportunidades se reducen y el abandono crece.

Aunque el gobierno promueve este acceso, el apoyo palpable de inclusión es escaso. Y en el supuesto de que los niños con discapacidad intelectual logren ser escolarizados, la mayoría repiten curso eternamente en parvulario.

La falta de ayudas y servicios a los padres y madres es uno de los principales motivos de abandono escolar. Es precisamente esta deteriorada educación lo que podría salvarles, ya que de ella depende su inclusión laboral activa. 

Nepal reconoce el derecho al trabajo como fundamental, prohibiendo en la constitución la discriminación por discapacidad. Pero los datos muestran que lo escrito en papel no se ha materializado. Para este colectivo, la suerte es conseguir empleos temporales que  apenas duran un mes para los hombres y dos para las mujeres. Pero, en concreto, para aquellos con discapacidad intelectual obtener una ocupación es prácticamente una utopía. 

Los prejuicios les dejan sin educación y son también el mayor obstáculo para emprender. Se enfrentarán a percepciones negativas de las empresas, de sus posibles compañeros de trabajo, y a barreras físicas, ambientales y tecnológicas. La enseñanza, como el problema, es transversal. No es solo dirigida a personas con discapacidad, sino a la integración, sensibilización y reformulación de la educación en sí misma.

Diversidad funcional sin paternalismos

Las personas con discapacidad son un colectivo discriminado pero con la misma capacidad que lo normativo para desempeñar un papel activo en la sociedad y con un poder transformador de la misma. 

No deben ser objeto de lástima, ni debemos acunarlos bajo una mirada paternalista. Tampoco se puede reducir a la esfera médica, a enfermedades que deben ser tratadas o personas que deben ser arregladas.

Una mirada más compleja es la que añade el contexto social y cultural. En un entorno no inclusivo las actitudes, prejuicios y estereotipos son la limitación, que ejercen una influencia significativa a la hora de que puedan desarrollarse plenamente. Los alejan de la posibilidad de formar parte, de ser un engranaje más, y pasan a ser uno de sobra. 

En definitiva, la discriminación hacia este colectivo es una cuestión social y política. En la que se requiere un plan integral y específico entre gobierno y organismos internacionales, así como agentes con influencia como medios de comunicación. Todo ello con la visión de que experiencias vitales como la de los niños y niñas de Si Asha no se diluyan, sino que se sumen para transformar su sociedad.

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